Todos hemos sentido alguna vez esa sensación incómoda de que los demás nos juzgan o desaprueban. Eso que conocemos como «vergüenza».

A diferencia de la culpa, que viene de dentro, la vergüenza depende de cómo nos ve un grupo. Tememos quedar mal, hacer el ridículo, parecer tontos.

Un poquito de vergüenza puede ser bueno. Puede evitar que hagamos cosas dañinas o tontas en público. Pero demasiada vergüenza también puede paralizarnos.

Hoy, con las redes sociales, es fácil pasarse. Un comentario fuera de lugar puede hacerte blanco de críticas masivas. Puedes terminar «cancelado» en cuestión de horas.

Muchas veces, esos castigos digitales son desproporcionados. No buscan corregir, sino destruir reputaciones.

Y lo peor es que nos auto-censuramos. Por miedo al escarnio, dejamos de decir lo que pensamos. Nos volvemos guardianes de nuestras propias expresiones.

No podemos vivir pensando sólo en el «qué dirán». Tarde o temprano, tenemos que animarnos a ser nosotros mismos. Aunque a veces nos equivoquemos.

La vergüenza puede mantenernos en línea, alerta, a raya. Pero en dosis altas, también puede apagarnos.

Hay que encontrar un sano equilibrio. Ser auténticos sin miedo al juicio ajeno.

Es importante sentir que fuimos,  somos y seremos fieles a nosotros mismos.