En la última década ha surgido un gran entusiasmo por las startups que pretenden transformar industrias a través de la innovación. Se ha extendido la idea romántica de que un emprendimiento «disruptivo» puede destronar a competidores gigantes. Los medios están llenos de historias inspiradoras sobre estas startups que desafían el status quo.

Sin embargo, el lado poco glamoroso es que la abrumadora mayoría de estas «startups disruptivas» terminan fracasando y quemando montones de dinero de inversionistas y recursos públicos en el proceso. Por cada startup unicornio hay miles de fracasos costosos. Irónicamente, los negocios «aburridos» tradicionales resultan ser mucho más rentables y sostenibles a largo plazo.

Lamentablemente, los medios potencian el sesgo de supervivencia entre los futuros emprendedores.

Uno de los problemas es que las startups requieren enormes cantidades de capital para subsidiar sus servicios mientras intentan crear una base de usuarios que les pueda sustentar el negocio. Como están innovando, no tienen clientes naturales sino que deben desarrollar demanda de la nada, lo cual es extremadamente costoso. Por ejemplo, Uber tuvo que subsidiar miles de millones de dólares en viajes antes de poder cobrar tarifas viablemente. Muchas startups quiebran antes de llegar a ese punto.

En muchos, casos gran parte de ese capital de riesgo inicial proviene de fondos públicos, lo cual significa que nosotros, los contribuyentes, estamos financiando indirectamente estas apuestas especulativas. Hay un alto costo de oportunidad en usar dinero público para promover startups que probablemente fracasarán en lugar de invertirlo en necesidades sociales urgentes o en emprendimientos ligados a las necesidades económicas de Chile.

Además, se ha propagado la idea peligrosa de que fracasar es algo positivo y un rito de pasaje honroso para emprendedores. Lo comentan felices en sus charlas, clases y entrevistas como grandes hazañas de su vida con una sonrisa casi mesiánica.


Pero fracasar con el dinero de otros es muy distinto a fracasar con el propio capital. Los fundadores rara vez invierten sus propios ahorros , sino que juegan con el dinero de estados, inversionistas e instituciones. No tienen la «piel en el juego«. El riesgo lo ponen otras personas, no ellos. El riesgo lo ponen y pagan los inversionistas y personas de a pie, que ven como dinero público y privado terminan quemándose o quedándose fuera de nuestras fronteras.

Si las startups fallaran más temprano y evitaran sobrevivir a base de financiamiento constante, se ahorrarían muchos recursos valiosos. Es bueno aprender de los errores, claro, pero la cosa cambia cuando el dinero en juego es de otros. Eso a veces lleva a tomar decisiones poco meditadas, porque la presión de perder dinero propio no está.

Además, pedir préstamos y endeudarse puede ser peligroso. Si el negocio no sale bien, las consecuencias pueden ser más graves que simplemente perder una inversión; pueden afectar la vida personal de manera significativa.

También hay que pensar dos veces antes de vender el emprendimiento como la gran aventura glamorosa. La verdad es que triunfar en este camino es bastante difícil. Sería mejor hablar del emprendimiento con los pies en la tierra, mostrando tanto lo emocionante como lo exigente que puede ser.

Los negocios aburridos que ya están establecidos, en contraste, generan utilidades reales desde el inicio precisamente porque satisfacen necesidades comprobadas. Una empresa de desarrollo de software, una panadería o una veterinaria entienden a la perfección que requieren sus clientes. No son «sexys», pero no tienen que reinventar la rueda ni subsidiar productos para estimular una demanda artificial. Simplemente abren sus puertas y los clientes llegan naturalmente. (bueno, tan fácil como aquello no es)

Además, los negocios tradicionales tienden a tener márgenes de ganancia más altos porque no distorsionan precios tratando de conquistar mercado. Tampoco gastan enormes sumas en marketing y publicidad como las startups que pretenden crear mercados completamente nuevos. El boca a boca y una buena ubicación suelen ser suficientes para un negocio aburrido.

Ciertamente, unos pocos como Facebook, Google y Amazon sí lograron entrar con éxito en industrias existentes y crecer hasta dominarlas. Pero no se puede negar que tuvieron grandes dosis de suerte y buen timing, además de acceso temprano a capital. Por cada startup unicornio exitoso hay cientos de fracasos que pierden fortunas de inversionistas y fondos estatales. Las probabilidades están fuertemente en contra.

Hay un hecho que me llama profundamente mi atención, es que muchas startups ni siquiera intentan ser rentables eventualmente. Simplemente intentan crecer rápido y generar buzz para poder recaudar más dinero de inversionistas. Recordemos los inicios de Startup Chile, y el desfile de «emprendedores» de paises exóticos que vinieron a retirar fondos públicos, casos  hay muchos.

Pero este juego no puede durar para siempre y tarde o temprano el capital se agota. Las startups realmente innovadoras son extremadamente raras; la mayoría simplemente aplican ideas existentes en nuevos contextos sin una ventaja sostenible.

En resumen, los emprendedores innovadores deberían enfocarse menos en ser «disruptivos» y más en resolver necesidades reales de los clientes de forma viable y honesta.

El glamour de las startups es efímero; los negocios aburridos construidos con fundamentos sólidos suelen ser los más perdurables y rentables. Antes de lanzar la enésima startup «disruptiva», vale la pena preguntarte si ese tiempo y esfuerzo no se invertiría mejor en un negocio tradicional y aburrido, pero consistente. Acá, lo aburrido casi siempre gana.

Mientras que las startups ofrecen la promesa de innovación y grandes retornos, la realidad es que son apuestas arriesgadas, y muchos inversionistas no ven retorno alguno. Los «negocios aburridos» por otro lado, pueden carecer de ese brillo y emoción, pero ofrecen estabilidad y rentabilidad, cualidades que a largo plazo son esenciales para cualquier inversor.

No se trata de desalentar la innovación o la creación de startups. Al contrario, es vital para el progreso económico y social. Sin embargo, es crucial que tanto emprendedores como inversionistas y el estado entiendan los riesgos asociados y actúen con responsabilidad y prudencia.

Es importante recordar que, a veces, los negocios más «aburridos» pueden ser los más inteligentes.